Corría el año 813, cuando un ermitaño llamado Paio (Pelayo) informa al obispo Teodomiro, de Iria Flavia, que había visto unas luces merodeando sobre un monte deshabitado. Tras la curiosidad deciden acercarse al lugar que señalaba este ermitaño, descubrieron entre matorrales un monumento hecho de losas de mármol, el obispo no tuvo duda alguna que se trataba del sepulcro del Apóstol y de sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro, ya que se encontraron con un cuerpo degollado con la cabeza bajo el brazo y dos cuerpos más. Teodomiro comunicó la noticia del hallazgo al rey de Asturias Alfonso II el Casto, que viajó hasta estas tierras para verlo con sus propios ojos. A partir de este momento nace la leyenda de que los restos humanos encontrados, pertenecían al Apóstol Santiago, pero la leyenda se convierte en realidad y la noticia del descubrimiento de las reliquias empieza a crecer, no solo en ámbito nacional sino también por la Europa cristiana.
En un momento se habían dejado
las reliquias en el lugar donde fueron encontradas construyendo una ermita y un
baptisterio, pero el número de peregrinos fue in crescendo de tal forma que se
decide trasladar los restos a un lugar por aquel entonces escasamente habitado,
ese lugar es el que hoy en día conocemos por Santiago de Compostela.
La noticia del descubrimiento de
las reliquias llega también a Escandinavia, aprovechando que era una gran
potencia Europea, y contando con numerosos barcos de características técnicas
avanzadas, además de contar con un gran número de hombres reconocidos hoy en día como “vikingos”,
deciden llevar a cabo una expedición al “País de Santiago” en torno al año 846
con pretensión de llevarse todos los tesoros de la ciudad, pero fueron
derrotados en el puerto de A Coruña.
El descubrimiento de esta tumba y
del crecimiento de la ciudad de Santiago siguió suscitando interés por parte de
los países extranjeros, llamando la atención también por parte del pueblo normando, es así como hacía el año 850, empiezan a ser habituales estas
expediciones junto con las vikingas.
El lugar donde se depositaron
finalmente las reliquias del Apóstol se iba popularizando cada vez más, a
medida que pasaba esto la ciudad crecía y con ella sus riquezas, siendo objeto
de mira, todavía más si cabe por los pueblos invasores. La ciudad de Santiago
de Compostela se convierte en uno de los centros de peregrinación cristianos
más importantes de toda Europa, por lo que los terrenos pertenecientes a la
iglesia compostelana, también llamada Mitra Compostelana, empezaban a ser
bastos en extensión. Será el obispo de Santiago Cresconio en torno al siglo X
aprovechando este territorio y en vistas de las ya habituales incursiones
bárbaras, quien mande elevar en diferentes lugares de la costa litoral, una
serie de torres defensivas que diesen aviso a la ciudad de Compostela en caso
de que algún barco enemigo se acercase a la costa. Pero será en torno al siglo
XI, durante el mandato del arzobispo de Compostela Diego Gelmírez cuando este
sistema defensivo se haga más fuerte. Este manda reforzar las torres destinadas
a este cometido.
Actualmente no hay constancia de
cuantas eran la torres que componían la defensa de Santiago, pero las
investigaciones me han llevado a relacionar: La torre de la Lanzada, en
Sanxenxo, la torre de San Sadurniño, en Cambados, la torre de Calogo, en
Vilanova de Arousa, la fortaleza de Lobeira, en Villagarcía, la torre de
Cortegada, en Carril, la torre de Meadelo, en Bamio, las torres del Oeste, en
Catoira y el castillo de Rocha Forte, en Conxo. Cada torre estaba dispuesta de
una almenara en lo alto de la misma, así una vez avistaban peligro por mar,
deberían encender fuego en ella, dando el alto a la torre contigua. Normalmente
estos acercamientos solían ser vistos por la torre de la Lanzada, alertando a
la de San Sadurniño, y esta a la Calogo. El recorrido era lineal hasta llegar
al Castillo da Rocha Forte, quien daba el alto a la ciudad compostelana para que
se preparase para un posible ataque si las torres del Oeste y Meadelo, en su
deber de proteger la ciudad de Compostela eran vencidos, ya que estas y sobre
todo las del Oeste contaban con una mayor fortificación por encontrarse en el
lugar más próximo a la desembocadura del río Ulla, único acceso para
introducirse por mar al interior del reino de Galicia.
Estas torres mantuvieron su poder
defensivo hasta las luchas Irmandiñas en el siglo XV, momento en el que
comenzaron a tener diferentes destinos y terminando así su cometido.
Por último debemos tener en
cuenta, la evolución territorial del terreno gallego, pues ha crecido en
desmesura desde el siglo XI. Las torres debían estar a una
distancia producente las unas de las otras para poder ser vistas entre ellas, esto
hay que tenerlo en cuenta para poder llegar a contabilizar y buscar un número exacto, en la medida de lo posible, de torres
que podrían haber sido construidas para la defensa de la ciudad.
Imagen de: Alexandra
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